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CULTURA
29/07/2026
Fuente: Netfan Servicios
En los albores del siglo XXI, el padre de la deconstrucción desnudó la paradoja fundamental de Occidente. El análisis de una obra que alerta sobre los anticuerpos y los peligros de un sistema que siempre es una promesa
¿Puede un sistema político albergar en su propio seno las herramientas para su propia destrucción? La respuesta que el pensamiento del siglo XXI arroja sobre esta mesa es afirmativa, compleja y perturbadora. En el año 2003, Jacques Derrida escribió: "La democracia es el único sistema, el único paradigma constitucional en el que, en principio, se tiene o se arroga uno el derecho a criticarlo todo públicamente, incluida la idea de democracia, su concepto, su historia y su nombre".
Desgastado por la enfermedad pero con una lucidez que arañaba el hueso de la época, dejó escrita una de las definiciones más punzantes sobre la libertad moderna. Pero esta frase no es una mera defensa de la libertad de expresión. Es la radiografía de un abismo ético y político que nos interpela de manera directa en un presente global dominado por la polarización, los discursos extremos y las crisis de representatividad. Es una contradicción que puede ser leída como obstáculo o potencia.
Para dimensionar el peso de este axioma, es obligatorio retroceder a los primeros años del nuevo milenio. El mundo occidental procesaba el trauma de la caída de las Torres Gemelas y asistía a la invasión de Irak. Los gobiernos democráticos, liderados por figuras como George W. Bush, comenzaban a recortar libertades civiles internas y a justificar la violencia exterior en nombre de la defensa de los valores de la libertad. En esa bisagra histórica Jacques Derrida dictaba seminarios y conferencias.
Esas clases darían vida a su célebre libro Canallas: Dos ensayos sobre la razón, publicado originalmente en francés bajo el título Voyous. El pensador observaba cómo los estados que se autoproclamaban campeones de la democracia actuaban de manera totalitaria contra otros pueblos, convirtiéndose ellos mismos en "estados canallas" (rogue states). Su análisis no buscaba destruir la democracia, sino deconstruirla: desnudar sus ficciones jurídicas para entender cómo opera en la realidad.
Canallas: Dos ensayos sobre la razón se ubica en la cúspide de lo que la academia denomina el "giro político y ético" de Derrida. Aunque el filósofo ya había dinamitado la historia del pensamiento occidental en 1967 con De la gramatología y La escritura y la diferencia, en esta obra tardía decide aplicar sus herramientas lingüísticas a los problemas carnales del poder, la soberanía y el derecho internacional. En Canallas introduce un concepto clave para entender nuestro presente: la "autoinmunidad".
Tomando una metáfora de la biología, explica que la democracia —el concepto de participación política pero también el sistema de representación— es un organismo que, en su afán por protegerse de las amenazas externas (como el terrorismo o el autoritarismo), genera anticuerpos tan violentos que terminan atacando y destruyendo a sus propias células sanas (las libertades civiles). Allí demuestra que la exclusión y la represión suelen habitar secretamente en el corazón de las constituciones libres.
¿Cuánto de la idea de esta frase resume el pensamiento de su autor? Prácticamente todo su andamiaje filosófico. La deconstrucción, el método que hizo famoso a Derrida, consiste precisamente en demostrar que las grandes verdades e instituciones de Occidente no son puras ni monolíticas, sino que están construidas sobre contradicciones internas. Al afirmar que la democracia permite criticar a la democracia misma, señala que este sistema es el único que tolera su propia contradicción.
No exige una fe ciega como una teocracia, ni una obediencia muda como una dictadura. Sin embargo, esta virtud es también su mayor debilidad. Al dar libertad absoluta, la democracia abre la compuerta para que discursos antidemocráticos utilicen las herramientas de la ley —el voto, las elecciones, las plazas públicas— para llegar al poder y abolir el sistema desde adentro. Es un orden político que lleva el riesgo del suicidio inscripto en su propio código genético. Su obstáculo y su potencia.
Por eso, para Derrida, la democracia nunca es un estado de cosas acabado ni un trofeo ganado. Él prefería hablar de "la democracia por venir" (la démocratie à venir). No como una utopía inalcanzable, sino como una promesa urgente que nos obliga a ensanchar los márgenes de la justicia en el día a día. En un escenario contemporáneo donde las herramientas democráticas de comunicación digital son utilizadas para propagar la desinformación y horadar las instituciones, la tesis de Derrida cobra una vigencia feroz.
La frase de hoy nos recuerda que la salud de una sociedad libre no se mide por la ausencia de debates o por la clausura del disenso, sino por su capacidad de resistir la autocrítica más feroz sin caer en la tentación totalitaria. El pensamiento de Jacques Derrida, fallecido en 2004, sobrevive en estas páginas como un recordatorio indispensable: la democracia es frágil, peligrosa y perfectible; pero es el único espacio donde el pensamiento aún conserva el derecho a cuestionar su propio horizonte.
Jacques Derrida (nacido bajo el nombre de Jackie Derrida en 1930 en El Biar, Argelia, y fallecido en París en 2004) fue uno de los filósofos más revolucionarios, debatidos y leídos de la segunda mitad del siglo XX. De origen judío sefardí, su infancia estuvo marcada por los traumas de la Segunda Guerra Mundial y el régimen de Vichy, que lo expulsó del liceo argelino debido a las leyes antisemitas de la época, una experiencia de exclusión que sellaría su sensibilidad hacia las minorías y los márgenes del discurso.
Tras mudarse a Francia, se formó en la prestigiosa Escuela Normal Superior de París bajo la tutela de figuras como Louis Althusser y entabló un fructífero diálogo crítico con contemporáneos como Michel Foucault. Su irrupción en el panorama intelectual internacional se consolidó a finales de la década de 1960, dando origen a la corriente conocida internacionalmente como el "posestructuralismo" y convirtiéndose en un ícono académico indiscutido en las universidades de los Estados Unidos.
Entre sus obras capitales destacan De la gramatología (1967), La voz y el fenómeno (1967), Espectros de Marx (1993), La hospitalidad (1997) y Canallas: Dos ensayos sobre la razón (2003). Su figura, que inspiró el aclamado filme documental Derrida (2002) dirigido por Kirby Dick y Amy Ziering, sigue siendo un faro ineludible y polémico para el arte, el derecho y la teoría política contemporánea, legando una ética que prohíbe la complacencia intelectual y nos obliga a responsabilizarnos por la voz del otro.
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